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Escuelas

Posted by mnk en 22 noviembre, 2008

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(En la foto, un niño – Juanito- observaba de lejos una reunión de maestros. Era el año 2005)

En el año 2005 estaba en Guatemala. En el norte, frontera con México, en la selva lacandona. Dábamos, bajo el paraguas de Comadep, talleres de recuperación de la memoria histórica.


En la foto, un niño – Juanito- observaba de lejos una reunión de maestros.

Yo terminé mi taller y me acerqué a escuchar. Los maestros planificaban el temario del próximo curso. Estábamos sentados en semicírculo y nació una conversación que merecía ser grabada, emitida y lanzada al aire en todas las emisoras radiofónicas existentes y por existir. Hablaban de los múltiples impedimentos que yacían en su trabajo. La prensa guatemalteca llevaba semanas anunciando el plan “Salvemos al 1r grado; un plan que consistía en dar 14 días más de clase a los alumnos que no lograran sacar su grado. “Claro” –exclamó una maestra mientras amamantaba a su bebé- “en 14 días van a aprender todo lo que no pudimos enseñarles en 9 meses…”. La frase recibió murmullos de resentida aprobación.


“Nos falta material, recursos, experiencia, formación en cómo resolver problemas de aprendizaje en un mundo donde te llegan estudiantes que se duermen en clase por la desnutrición…” – siguió la mujer- “Nos falta todo esto para dárselo a los alumnos y no seguirá faltando también en estos malditos 14 días del fabuloso plan del gobierno, que si no cumplimos de vagos nos van a tildar”. La frase quedó suelta en el aire, gravitando entre las miradas de impotencia sentadas en semicírculo.

Estos maestros querían dar cultura por encima de todo; pero ese año terminaba la vigencia de una de las cláusulas de los Acuerdos de Paz: la que permitía un plan “especial” de capacitación de maestros y planificación de escuelas rurales para la población desarraigada. O sea; ya no más maestros escogidos por la propia comunidad; ya no más programas de formación continua para maestros en el pueblo cercano; se terminaba la libre utilización de ideas propias para la multiculturalidad y la educación bilingüe… la “cláusula del contrato” había vencido.

Desde entonces, maestros itinerantes irían cambiando de lugar anualmente; gentes provinentes de la zona fría del país iban a dar ciencias naturales en el caluroso Petén; profesores establecidos por el gobierno –¡llegaban los primos y sobrinos!- iban a impartir historia (en español, claro está, que de nada sirve aprender q’ekchí, mam o kanjobal). El gobierno ordenaba decidir, desde la capital, cómo debía ser la educación en la selva a la que nunca nadie de ellos había llegado a visitar.


En El Periódico de Guatemala, una atrevida periodista explicaba: “Gobernantes y políticos, sobretodo, han sentido siempre un rechazo profundo por la cultura; no sólo no leen libros que les abran ventanas al mundo, sino que, como consecuencia, le dan poco valor a quienes se dedican a labores culturales y educativas (…) El cambio de programas educativos jamás ha mejorado la educación; la capacitación del maestro ha de ir unida a su dignificación (por medio de un salario justo) y abarcar un largo periodo de tiempo en donde se involucre a toda la nación (…) La cultura no se adquiere del día a la mañana y el problema no está en el magisterio ni en los padres de familia; el problema está en la estructura de una sociedad injusta, ignorante y cruel que permite que las mayorías se hundan en el total analfabetismo y en la más pavorosa miseria”.


Cuando ya había pasado más de una hora, se alzó la voz de uno que miró el reloj: “Bueno, compañeros, dejémonos de quejas y vamos a lo que íbamos…”. El director del Básico, se levantó, colgó en la pared otra cartulina y, con letras grandes, color rojo escribió: “Nuestro pueblo indígena es como un árbol al que cortaron las hojas, las ramas, incluso el tronco… pero la raíz nunca morirá”. Siguió al acto un silencio en semicírculo. El director anunció: “Ahora planifiquemos el próximo curso”.


(adaptación del artículo ‘Voces Lacandonas‘, publicado en Memoria del Futuro el 2/9/2005)

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