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Paseando por la calle Séneca

Posted by mnk en 17 octubre, 2007

Tanta ley de memoria histérica y mira quién sí muestra sus peculiares recuerdos al mundo”, le dice un joven a otro en plena calle. “Shhhhht!, tampoco hace falta que te oiga el tal Varela, que a mí ese tío y sus amigos me dan miedo”.
Están en Gràcia, Barcelona, en la calle Séneca. Allí, la Librería Europa hace de escaparate de un peculiar modo de recordar la historia.

Cuenta Santiago Tarín en su Viaje por las mentiras de la Historia Universal que hubo una vez un inglés, un tal David Irving, que se dedicó a escribir libros negando el Holocausto. Dijo, por escrito y en conferencias, que las cámaras de gas eran una invención, que “la solución final” para los judíos era una burda patraña, que “74.000 judíos murieron por causas naturales en los campos de trabajo” y que los demás se escondieron y se fueron a Palestina, “donde ahora viven bajo una nueva identidad”. Dijo que no podía haber existido una política global del Reich para matar judíos porque “de haberla habido no habría tantos millones de supervivientes”. Llegó a proponer, un día de más de una cerveza, supongo, crear una organización de “Supervivientes de Auschwitz, Supervivientes del Holocausto y Otros Mentirosos”, cuyas siglas en inglés serían ‘Assholds’, que es gilipollas.

Según cuenta Tarín, finalmente alguien paró los pies al tal Irving. Una historiadora estadounidense, Debora Lipstadt, publicó Negando el Holocausto, donde demostraba que el inglés era un antisemita que falsificaba documentos para probar sus macabras tesis. Irving, enojado, la demandó por difamación pero, por una vez en la vida, la justicia hizo honor a su nombre y le dio la razón a Lipstadt. Más adelante, Irving incluso fue detenido en Austria por apología del nazismo. Se le acusó de propagar esta ideología (y en Austria esto es delito) en sus conferencias, cosa que, nos cuenta Tarín, también hizo en España… pero aquí nadie le dijo nada y sus charlas educativas siguen en Internet. Irving salió del embrollo retractándose de sus “aportaciones históricas” y callando su boquita al menos un rato. Dudo que convencido de nada, simplemente fue listo y se libró así de los 10 años que le pedían al principio. Como siempre pasa (“y así tiene que ser“, añade Tarín), este caso abrió un intenso debate sobre la libertad de expresión; unos le llamaron “peligroso falsificador de la historia”, otros lo consideraron “preso político y mártir”.

Un burdo debate parecido al que se gesta cada vez que alguien toca a Pedro Varela – a quien alguien llamó “el último nazi español” – o su Libreria Europa, que se presenta como “una librería para gente inquieta” y que ofrece “los libros que la democracia persigue”. Con la diferencia de que aquí la libreria nazi sigue abierta y nadie se retracta, ni siquiera de mentirijillas.

Varela no es el último nazi español. Cuando el mes de junio pasado, su librería invitó al ultra derechista Ricardo Sáenz de Ynestrillas, el local estaba lleno. Lo cuentan sus amigos en varios blogs. Se han dedicado a abrir bitácoras blogspot con cada uno de los títulos de los libros de Antonio Salas, el periodista que se hizo pasar por uno de ellos y publicó luego Diario de un Skin.

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